En la casa del poeta aún se conserva el viejo aroma del misterio. Del misterio amable de lo que pudo ser la hura de esta comadreja poética. El poeta es sin duda un domesticador de espacios. Un caracol que siempre lleva su concha a cuestas dejando un ancho reguero de saliva por las calles, de sudor y excitación ante la novedad de cada pequeña brizna de ser, de cada nueva fachada azulejada, de cada rostro de muchacha que sonríe tras una esquina o del irrepetible puzzle nuevo de cada vagón repleto de un tren populoso. El poeta siempre viaja con su concha a cuestas y cuando está ya demasiado herido por la novedad del mundo y su piel erizada duele ante un imaginar indomable se recoge en su madriguera a escribir en el aire o la tierra toda su ensimismada experiencia, todo su mundo interior que explica la novedad metafísica que encontró en el húmedo reguero de su camino. Sólo desde la acogedora soledad de la concha, de su concha concreta puede el poeta sentir el agridulce sabor de una lúcida soledad que vive e imagina el mundo entero a medio camino entre la concha y el camino.
(publicado en Cuaderno alfacinha)